Un Yin y Un Yang


Un yin y un yang, este es el Tao


ying-yang


La brillante sofisticación de la cosmovisión taoísta aporta al observador occidental una sensación compleja: apertura a horizontes más amplios y enriquecedores en la percepción de la realidad, oportunidad de mayor vinculación con la naturaleza, posibilidad de mayor integración de las dimensiones del ser. Mientras que los científicos abiertos a una concepción no mecanicista de la naturaleza han visto en el Tao una confirmación de sus intuiciones (1), otras personas buscan alguna luz en oriente que reavive la llama ilustrada occidental o una mera alternativa a ella. Son actitudes loables. Pero no por gritar “¡agua, agua!” calma uno su sed. La mera incorporación de lo que creemos que es el Tao a la mentalidad occidental y a la panoplia de hábitos y actitudes acostumbradas no es de ningún modo operativa para abrir nuestra vida a esa nueva perspectiva.

La mirada analítica propia del pensamiento occidental: yang
La percepción en conjunto propia de otras civilizaciones: yin

Nuestra mentalidad actual tiene un punto de partida, y responde invariablemente a él: el pensamiento griego, atomista, analítico, racionalista, que busca saber qué son las cosas y cómo funcionan, fusionado con el utopismo cristiano –cómo deberían ser y cómo deberían funcionar— y el legalismo social romano –qué consenso sociopolítico adoptamos sobre cómo son y cómo deberían ser las cosas—(2). Nuestras aspiraciones más sinceras y nuestra insatisfacción más genuina con este paradigma del pensamiento no bastan para hacer mella en una estructura psicosocial construida a lo largo de 3.000 años. Y cuando se pretende incorporar a ella una cosmovisión radicalmente distinta se corre el riesgo de quedarse donde uno estaba, habiendo cambiado simplemente el lenguaje y las apariencias.

El deseo de adquirir nuevos conocimientos para que con ellos nuestra vida cambie: yang
La capacidad de permitir que nuestra vida se transforme al adaptarse a los cambios que en ella se producen: yin

El punto de vista oriental, en su conjunto, es diametralmente opuesto al occidental. No le interesa qué son las cosas (su esencia) sino cómo funcionan (su ser en el devenir). No considera la supuesta esencia de una cosa al aislarla de las demás sino cuál es la lógica que hace que los conjuntos de cosas produzcan “realidades”. Observa el transcurso de la realidad de manera dinámica y trata de advertir las líneas de fuerza que inducen su devenir. Opera de modo opuesto a la lógica atomista occidental: no aísla las cosas para articularlas después lógicamente, sino que percibe tendencias que obedecen no a “leyes” sino al “modo” cómo las “cosas” se comportan. No le interesan qué son las cosas, ni cómo son, sino qué devenires se desprenden de ellas y de qué modo pueden afectar nuestras vidas. A ese generador del “modo” como las “cosas” se comportan le llama Cielo, y renuncia a conceder nombre y atributos al Tao, sabedor de que toda teología que no sea apofática es un fraude.

No es tan importante que algo “sea” yin o yang, sino que, al percibir modos de comportamiento yin o yang, aprendamos cómo podemos armonizar nuestro devenir con los imperativos del Cielo para llegar a ver Las Cosas Tal como Son, es decir, la Iluminación.

Afirmar esto: yang
Permitirnos vivirlo: yin

Se abre pues al observador occidental un camino “existencialista” que le obliga a ver y caminar con ojos nuevos:

Las suelas de los zapatos, pisando el terreno para avanzar: yang
Los empeines de los zapatos, recibiendo el aire y el polvo del camino: yin

La musculatura de la ambulación: yang
El aparato respiratorio inundado por el aire fresco del bosque: yin

La búsqueda del itinerario deseado: yang
La actitud de quien deja que sea el suelo el que se deslice bajo los pies: yin

En ese caminar, hay que renunciar a utilizar unas nuevas gafas con cristales de colores. No es cuestión de incorporar el “cristal Tao” sino de mirar de otra manera. El cambio de mentalidad consiste en transcurrir de una visión dualista de la realidad a una visión a-dual. Las teologías occidentales, tramposas y fraudulentas como toda teología, critican esa visión tildándola de monista y de panteísta. Pero no es panteísmo sino panenteísmo (3), no es monismo sino a-dualidad. Las teologías occidentales, abrumadas por la contradicción objeto-sujeto, acaban por sumir al hombre en la angustia, pues tal contradicción es irresoluble. La perspectiva oriental pone de manifiesto la impostura del dualismo: el hinduismo, el taoísmo y el budismo (tres palabras-concepto de creación occidental, por cierto) se basan en la a-dualidad. Las cosas y los seres no tienen existencia inherente, y son en realidad sumas de agregados e imputaciones; el fundamento de toda existencia es el vacío potencialmente creador de infinitas realidades; nos ciega un velo que nos hace atribuir esencias a las cosas y a los seres y a sentirnos separados de ellos, de modo que hemos de ver las cosas tal como son y dejar de enredarnos en conceptualizaciones alimentadas por los fantasmas de la separación, entre los que se encuentran el apego, el rechazo, el miedo, el deseo, el odio y el tiempo (4).

Estamos emplazados, pues, a una “metanoia”: a enfocar las cosas de un modo radicalmente distinto, de manera que nuestra vida tome un nuevo rumbo liberador. Advertidos, sin embargo, por el prudente consejo que implica “wu wei”: nada en exceso.

Cuando el aforismo del Yijing nos dice, sucinta y sibilinamente, que un yin y un yang, eso es el Tao, nos emplaza a abandonar las construcciones intelectuales propias de la dualidad y a adentrarnos en Las Cosas Tal Como Son: atender al devenir, que es continuo e incesante, que surge de la Vacuidad y que se da siempre en el Ahora y Aquí.

Esa es la llave que nos deshipnotiza de la conceptualización y del fantasma del tiempo lineal. Por eso el Hombre pone en relación el Cielo y la Tierra; por eso la perspectiva oriental nos propone vías corporales iluminativas, para que la rotundidad de la conciencia del cuerpo ahora y aquí, continuamente cambiante y rotundamente percibida nos permita saltar por encima del engaño de los Cinco Ladrones. Es la afirmación radical del Ch’an-Zen: la iluminación no es más que sentarse  (shikantaza). La postura de meditación es ya la iluminación (5).

Sentarse a meditar y retraer nuestros sentidos para percibir la respiración en la atención: yang
Dejar que la meditación suceda por sí sola mientras la respiración se hace imperceptible:yin

Ser conscientes de la presencia del cuerpo como objeto de atención: yang
Sentarse sin búsqueda de provecho ni siquiera con propósito (mushotoku): yin

A través de todas las expresiones culturales del a-dualismo oriental surge una y otra vez ese transcurso por polaridades que confluye en el abandono de la parcialidad dual. Lo vemos en la definición de kriya yoga: tapas, swadhyadhya, Ishwara pranidhana. Es decir, que la acción a-dual consiste en aplicarse a la práctica con compromiso y esfuerzo (yang), abrirse a la percepción del descubrimiento de lo que sucede en uno mismo (swadhyadhya) y abandono de cualquier persecución de fruto o esperanza de resultado (Ishwara pranidhana) (6).

Adopto la postura de zhan zhuang y me establezco en ella: yang
Me dejo vivir en ella abandonando incluso el empeño: yin

Emprendo la práctica de una forma de qigong: yang
Permito que se establezca en mi el estado de qigong sin dejar de practicar la forma: yin

Aprendo y practico una forma de taijiquan: yang
Me abro al “sabor” de los movimientos para que esa forma se “llene”: yin

Un yin y un yang, ese es el Tao. Vivir armónicamente en el devenir que surge de la Vacuidad, obedeciendo así al Cielo para permitir que la Vida se manifieste en la Tierra. No son las polaridades la cuestión, sino su devenir, lo que hace que un yin genere un yang y un yang genere un yin. Y sumergirse entonces en el Vacío para renacer (7) continuamente, ya que no hay tiempo sino “tempiternidad” (8).

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